Me llama la atención cómo en muchos lugares del Evangelio aparece la ansiedad de los hombres reflejada en su angustiosa búsqueda de Jesús. Recuerdo, por ejemplo, como el joven rico se acerca corriendo a Jesús y se postra ante él para hacerle la gran pregunta: ?Maestro bueno, ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna??. En otro lugar es Simón y sus compañeros los que fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron con palabras que pueden entenderse como un cierto reproche: ?Todo el mundo te busca?.
Hoy esta ansiedad se pone manifiesto de una manera evidente en la multitud, el evangelista usa una expresión más popular y corriente: ?la gente?, que sigue el rastro de Jesus por tierra, mar y, si hubieran podido, por aire también; y, de hecho, cuando lo encuentran le hacen la misma pregunta: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?». La pregunta casi incriminante expresa esta necesidad de tener controlado a aquel que se ha manifestado como el que tiene la solución definitiva a sus problemas.
En todos estos casos referidos Jesús responde manifestando por un lado su suprema libertad, y, por otro lado, la necesidad que tiene el hombre de examinar sus verdaderas motivaciones y darse cuenta de que su ansiedad refleja algo de sí mismo, de sus carencias. Al joven rico, Jesús le responde: ?Solo uno es bueno, cumple los mandamientos?, mostrando que la ansiedad de su corazón tiene que ver con la búsqueda de Dios y el cumplimiento de su voluntad, es decir, con el anhelo de su reino y su justicia. En el caso de Simón y sus compañeros, al despertar la aurora, Jesús le les responde: ?Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido?. Y ahora a toda esta gente que le quiere hacer rey, Jesús la confronta haciéndole ver su oculta intención: ?Me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros?.
Jesús quiere que ante los signos que él realiza nosotros nos preguntemos por el significado. Si él puede saciar el hambre del pueblo en el desierto, es porque es el verdadero y definitivo Moisés, es también el mesías anunciado en los profetas, el que ofrecería en un monte, un festín de manjares suculentos; en definitiva, es porque él es el que estaban esperando. Por eso, la obra que Dios quiere, lo que tenemos que hacer es creer en él. Esta enseñanza es una constante en estos días de pascua. Es la misma respuesta que Jesús dio a Nicodemo la semana pasada: creer en el que Dios ha enviado, el que viene del cielo, acercarse a su luz, nacer de nuevo de lo alto, del agua y del Espíritu Santo. Es la respuesta que da Pedro a los que se agolparon después del prodigio de pentecostés, cuando al terminar de escuchar sus palabras, con el corazón traspasado, le preguntaron: ?Hermanos, ¿qué tenemos que hacer?. La llamada pues es evidente: hay que creer en Cristo, hacerse bautizar en su nombre para que cada uno pueda recibir el perdón de sus pecados y ser ungidos por el Espíritu Santo.
Así Cristo habitará en nosotros y podremos decir como el apóstol Pablo. ?Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí?. Un ejemplo evidente de lo que estamos diciendo, lo contemplamos en la vida de Esteban, tan identificado con Jesús que experimenta su mismo proceso, la misma injusticia y compartirá con él su mismo destino. En los días sucesivos veremos cómo se convierte en el protomártir de la Iglesia, tan identificado con Jesús que padece con él y muere con él para ser con él glorificado. Pidamos al Señor que transforme nuestra ansiedad en un deseo verdadero de creer en él hasta el final.
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