El Señor pone el nivel muy alto: ?nadie tiene más grande que el que da la vida por sus amigos?. Pero hemos de caer en la cuenta de que esto es, precisamente, lo que ha hecho por nosotros. No se ha quedado en palabras más o menos bonitas ¡Amarnos le ha costado dar la vida! Por ello puede invitarnos a un amor así, porque Él nos amó primero. Este es el mandamiento que nos deja: ?que os améis unos a otros como yo os he amado?.
Estamos, pues, llamados a ser testigos creíbles del Evangelio de Cristo, por la caridad, siguiendo el ejemplo de su amor: un amor gratuito, infinitamente paciente, que no se niega a nadie – cf. 1 Cor 13, 46 -. Será nuestra fidelidad al mandamiento nuevo la que certificará nuestra coherencia respecto al anuncio que proclamamos. Esta es la gran novedad que puede asombrar al mundo. Entre vosotros estáis llamados a vivir la fraternidad no como utopía, sino como posibilidad real (cf. San Juan pablo II, Mensaje a los jóvenes con ocasión de la XII Jornada Mundial de la Juventud de 1997). Por esta falta de caridad es por donde se desangra la Iglesia y se le resta eficacia a la gracia de Cristo, al anuncio de su salvación. La falta de fraternidad es lo que escandaliza al mundo. ?Si nosotros los cristianos, no manifestamos esta característica, terminaremos por confundir al mundo, perdiendo el honor de ser tenidos por hijos de Dios. En tal caso, como necios, no aprovecharemos el arma tal vez más fuerte para dar testimonio en nuestro ambiente, congelado por el ateísmo paganizante, indiferente y supersticioso. Que el mundo pueda contemplar atónito un espectáculo de concordia fraterna y diga de nosotros – como de los que nos precedieron -: ¡mirad cómo se aman!? (Chiara Lubich, ?Meditaciones?, p. 46).
Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, ?esta caridad no se ha de poner solamente en la realización de grandes cosas, sino, y principalmente, en las circunstancias ordinarias de la vida? (Gaudium et Spe 38), teniendo en cuenta que el amor, muchas veces, no está tanto en dar cuanto en comprender. San Pablo nos dejó en su primera carta a los corintios toda una descripción de aquello de lo que está hecho el amor y tantas veces nos servirá para hacer examen de conciencia: la caridad es paciente, amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (cf. 1 Cor 13, 4-6).
Cuidemos ?la caridad, que brota de un corazón limpio, una conciencia buena y una fe sincera. Algunos, al apartarse de esto, se han convertido en charlatanes, pretendiendo ser doctores de la ley cuando no entienden lo que dicen ni lo que rotundamente afirman? (1 Tim 1, 5-7).
Que la Madre del Amor Hermoso nos acompañe en este camino de aprender cada día a hacer de nuestra vida una entrega a los demás, como camino para amar como su Hijo.
Página web desarrollada con el sistema de Ecclesiared